Hay personas que, a veces, cuando rezan por tí, solamente te están ofendiendo pues se consideran superiores e inmaculadas. Rezan por tí, que eres un pecador y vas por mal camino.

Tenemos nuestra escopeta de ideas y, al primero que asome la cabeza le disparamos. Solamente desencuentros.

Dicen que la escucha es un ministerio. Como lo es también el de la acogida. Escuchar y acoger al otro. Entender lo que nos está diciendo. A veces tendrá razón. Otras puede que no. Ponerse en lugar del otro no significa asumir sin más sus propuestas. Pero es necesaria la escucha.

Escucha y acogida son ministerios que brillan por su ausencia en la gente de iglesia.

Esto parece que está en nuestra genética. Nos relacionamos como los hombres primitivos. Al principio el hombre primitivo salía de su cueva con una estaca. Si veía a otro con una estaca más chica, pues a por él que iba. Si la estaca era más grande, salía corriendo para volverse a su cueva. Desde luego que el hombre primitivo no tenía encuentros. O pegaba o salía corriendo.

Ahora somos más civilizados. Si además somos cristianos perfectos, rezamos por el otro. Pero nos vamos corriendo a nuestra cueva.

Y aquí es cuando rezar es ofender.

Intercambias alguna opinión, con la ingenuidad de que, al menos el otro te escuche y se pueda someter a discusión lo que dices. Pero resulta que el otro, persona inmaculada y sin pecado alguno —no como tú, que eres uno de los mayores pecadores— y que además está en posesión de la verdad verdadera, porque para eso es persona con fuertes creencias religiosas y con una fe excepcional, te despide de una forma displicente, no quiere tener ya nada contigo (nunca lo hubo) pero se permite despedirse con un rezaré mucho por tí y le pediré a la Santísima Virgen que te ilume y que no te pierdas y … no sé cuantas cosas más. Y además te dice que no seas como Judas, que traicionó al Señor. Por cierto, ¿conoces a algún cristiano que no haya traicionado a Cristo?

Es curiosa esta benevolencia rezadora. No dice «rezaré por nosotros, para que podamos entendernos, acogernos, tratarnos…» No. Dice: rezaré mucho por tí. Porque tú eres un pecador —piensa— no como yo que soy un buen cristiano que amo la iglesia.

Me acuerdo del Evangelio, de Lc 18, 9-14

Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Curioso:

¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano.

Aquí, el publicano soy yo.
Por eso esa benevolencia de que van a rezar mucho por mí.
Y todo porque en mi anterior post «La Santa Sede y sus lecciones de moralidad» me permitía indicar lo impropio que era que se gastaran tres millones de euros en la construcción de un pabellón de 360 metros cuadrados para la Expo de Milán 2015.

Esta crítica es para los responsables de este tipo de gastos,
que no para la Iglesia.
Esto parece que no lo han entendido
algunos que,
me ofenden cuando dicen
que van a rezar por mí.

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