[…] por eso dejará el hombre a su padre y a su madre. Y se unirá a su mujer. Y serán los dos una sola carne.
Este mandato tan simple que ya encontramos en el Génesis es una continua fuente de problemas entre los esposos si no tienen definidas cuáles son las prioridades en su relación. Cuando uno se casa, la prioridad para el o para ella es su esposa o su esposo. Esta prioridad se antepone a los hijos, y por supuesto a los padres de los esposos.
El problema está cuando no se tienen definidas las prioridades, o cuando se está sujeto a una cierta coacción por parte de la familia de origen, o también dependencia, que puede ser de cualquier tipo, destacando sobre todo la dependencia emocional. Esto hace que, cuando no se de una respuesta inmediata a los padres por parte del hijo o de la hija, estos se sienten culpables.
Y para no sentirse uno culpable, entonces hace caso a las peticiones de los padres. Claro que, esto conlleva la mayoría de las veces un conflicto con el cónyuge que se siente como apartado, como minusvalorado. Si además los hijos se sienten desplazados igualmente, el problema por supuesto que se agrava.
Aumenta también ese problema con las tendencias que tienen los padres, especialmente la madre, que considera a su hijo o a su hija, siempre su niño o su niña, como un objeto de su propiedad. Esta «propiedad» como que no quieren dejarla nunca, aunque esto vaya a interferir en las relaciones de sus hijos. El problema también se puede agravar si, por ejemplo alguno de los padres está sufriendo una enfermedad. Puede que esté debidamente asistido, pero demanda que su «niño o su niña» estén junto a ellos.
¿Cómo afrontar estas situaciones?
Cada persona y familia es un mundo único. No puedo dar una instrucción genérica, pero sí que podemos ver algunas pautas a considerar en estas situaciones.
- La primera cuestión — y este es el auténtico problema— es que la pareja no ha llegado a construir un nosotros. Es decir no han llegado a crear una cultura propia de pareja. Si esto no se ha hecho se producen siempre una gran serie de conflictos innecesarios. La propia vida lleva a cada uno de los miembros de la pareja a pretender imponer sus costumbres familiares, la tradición de toda una vida, que en la mayoría de los casos ni siquiera se ha cuestionado. Aquí uno se deja llevar por las costumbres de su familia y no por las propias y formadas en su matrimonio. Un gran paso para los esposos es pues, construir su propia cultura familiar.
- En la medida que se va construyendo una cultura propia, el protagonismo de los padres ha de desaparecer. Esto queda muy bien para decirlo, pero la realidad muchas veces es distinta. Es frecuente encontrar madres y padres sobreprotectores que tienen una enorme dificultad para desprenderse de sus hijos y permitirles hacer su propia vida.
- Lo que se debe de comenzar cuando se es una joven pareja y se ha de continuar posteriormente es que los esposos necesitan independizarse de los padres, así les duela a estos y aunque desaprueben las decisiones que el matrimonio va tomando.
- Cada nuevo matrimonio tiene la responsabilidad ineludible de crear su propia cultura de pareja porque, de lo contrario, nunca tendrá una identidad propia. Y una pareja que no logre formar un nosotros propio estará irremediablemente atenazada por conflictos absurdos.
- En las relaciones con padres dominantes, los hijos llegan a pensar que si adquieren su independencia, los padres se van a resentir mucho, van a sufrir. Por eso estos hijos se sienten demasiado culpables si insisten en afirmar su independencia y su autonomía como pareja. La verdad aquí, es que el problema no es de los hijos, sino de los padres. Cada cual es responsable de su propia vida, y nadie, absolutamente nadie, tiene el derecho de imponerle a otro la obligación de darle la felicidad. Por eso los padres tienen que comprender también que el dolor es parte inseparable de la vida. Si su niño o su niña se van para formar una familia, ¡pues qué le vamos a hacer!
- En cuanto a la culpabilidad que puedan sentir los hijos hay que hacer una distinción. Si uno busca su propia independencia con el propósito de herir y causar daño a sus padres, entonces sí que tendríamos que contemplar la idea de que tienen culpa. Pero si su objetivo es asumir plenamente su responsabilidad de conformar un matrimonio autónomo e independiente, con identidad propia y, como resultado de su obrar —sin que sea ese su objetivo—, los padres se resienten, entonces no cabría culpa alguna por parte de los hijos.
- No obstante, cuando se presente una situación en la que los padres, o alguno de ellos precisan algún tipo de cuidado, son los esposos, no el esposo o la esposa, los dos, los que por su compromiso matrimonial están en esta tesitura de honrar a los padres —honrar a los padres es, entre otras cosas, atenderles en caso de necesidad de estos—. A veces la ayuda que demandan los padres puede ser atendida por terceras personas. El matrimonio ha de considerar igualmente la repercusión que para su relación conyugal puede tener la atención a los padres o a la familia de origen. Hay que saber discernir cuando se está ante verdaderas necesidades ineludibles y cuando se está ante «caprichos» de los papás o de algunos familiares. No hay que perder cuál es la prevalencia en la relación.