Muy buenas en Prevención de Riesgos Matrimoniales. Hoy les quiero contar un secreto que me ha costado años de aprendizaje y que me ha impedido tener una relación plena durante mucho tiempo.
Ese secreto es la interpretación que hacemos del otro, de lo que está sintiendo o pensando, cuando estamos con él.
Una de las tonterías más grandes que tenemos cuando hemos sido novios y en los primeros años de casados es que, si queremos al otro, debemos de entender y conocer todo lo que pasa por su cabeza y por su corazón. Que si no lo entendemos es que no lo queremos y que, como nos dice el otro también, «si me quisieras sabrías qué me pasa, o qué es lo que quiero»
Pensar así es una de las estupideces «enamoraticias» que solemos pasar en nuestra vida de pareja. Yo, no tengo por qué saber qué está pensando el otro —en este caso la otra— ni qué está sintiendo. Simplemente lo único que tengo que hacer es preguntarle y aclarar.
Por ejemplo, la veo con mala cara. Inmediatamente pienso que es que está enfadada por algo, Como no sé, empiezo a imaginarme y a darle vueltas a la cabeza. Le digo cosas y me contesta malhumorada. Ya tenemos el lío.
Y, sencillamente lo que le pasa es que se ha levantado con un dolor de cabeza insoportable, que no ha dormido nada durante la noche y que eso le hace estar de mal humor. Así de simple y de natural. Si hubiera preguntado y no interpretado el verle con mal humor, todo hubiera sido más simple y sin mayor problema.
Esto, sencillamente nos ha supuesto muchos años de diferencias sin sentido, hasta llegar la conclusión de que debemos de dejarnos de interpretaciones absurdas. Simplemente, en personas que se quieren, se preguntan y ya está. Esto es madurar en la relación. Cierto que ya, cuando llevamos muchos años de ser una sola carne, ya no interpretamos sino que a veces, con un simple ¡Chissss…! nos estamos dando un discurso.
¿Y por qué no preguntamos directamente?
Bueno, esto es más complicado. A veces, aunque nos queremos, no hemos llegado a ese grado de preguntar abiertamente al otro, porque estamos llenos de temores, por ejemplo el temor a no ser querido si decimos algo inconveniente, o hacemos preguntas indebidas. En la madurez de una relación no hay inconveniencias, ni temores, solamente un profundo respeto por el otro que me permite mostrarme como soy realmente, sin temor, porque ya somos una sola carne.
Así que, queridos amigos, si estáis haciendo interpretaciones de lo que hace o dice el otro, o de como está o qué está sintiendo, yo os invito a que, simplemente le preguntéis. Esto será una señal inequívoca de que estáis consolidando y madurando vuestra relación.