Sus dolores físicos han sido muy grandes hasta su fallecimiento.  Pero estos dolores físicos se han visto más que agravados por otros espirituales, causados por quiénes hablan del amor, pero no viven el amor.

El pasado día 21 de octubre de 2013, tras una dolorosa enfermedad,  falleció Eduardo Moya Calahorro,  sacerdote que fue de la Parroquia de Santa María Madre de la Iglesia aquí en Jaén,  y que construyó en un abrir y cerrar de ojos.

Es cierto que los feligreses de Santa María Madre de la Iglesia en estos últimos meses,  desde principios de julio, (ahora estamos en octubre) han sufrido algunas limitaciones en los servicios de la parroquia. No obstante,  se ha seguido celebrando misa todos los días.  Eso sí,  con ese desasosiego de un día viene un cura,  otro día otro,  este viene tarde,  el otro parece que anda un poco despistado…etc.

Cuando enfermó anteriormente,  fue sustituido por otro sacerdote durante un tiempo.  Algo que le animaba a recuperarse era volver cuanto antes a su parroquia para continuar con la labor, ahora de edificar la comunidad parroquial.

Parece ser que llegó a las altas instancias de la iglesia de Jaén una carta firmada por algunos feligreses en relación a Eduardo y a su enfermedad.  Supongo que esta carta,  de la que ignoro su contenido y quiénes fueron sus autores,  estaba escrita con la mejor de las intenciones.

Parece ser que,  alguien le informó que sus feligreses estaban buscando nuevo cura.  Esto supuso un mazazo para su espíritu pues se ha sentido abandonado por aquellos en quienes puso su fe.

Como personas que somos,  Eduardo ha puesto tanto empeño en Santa María Madre de la Iglesia… sabía que era su última obra aquí en la tierra.  Solamente la familia y los más allegados sabemos los sufrimientos que ha soportado cuando las cosas no salían…

Estaba preocupado por la continuidad de la parroquia,  siendo consciente de que,  más pronto que tarde moriría, pues sabía que de esta enfermedad ya no había vuelta de hoja.

Las altas instancias de esta iglesia lo cesaron el día 28 de agosto.  Así no tendría que preocuparse más de su parroquia.  Ha muerto el día 21 de octubre.  Apenas han pasado dos meses.  ¿Tanta urgencia había para que cesara?  ¿Acaso no se podría haber esperado un poco,  nombrarle un sustituto en este corto espacio de tiempo? ¡Cuánta pena al tener conocimiento de su cese!

He visto a una iglesia que habla del amor y no vive el amor.

Cuantos sepulcros blanqueados los unos,  ocultos los otros, he visto en su funeral y en los días anteriores.

No gustaba de coronas de flores, ni de nombramientos rimbombantes.  Por eso,  en vez de decir Don Eduardo, —¡hay que ver cuánto le gusta el don a los curas!— digo aquí Eduardo, simplemente.

Con él se me va parte de mi corazón, pues como sacerdote supo hacer lo que el Padre,  acoger.  Ahora es un momento de serenidad pues sé que está con el Padre  y con su querida Virgen de Fátima.