Pensar que el problema de la relación está en el otro cónyuge es una forma ineficaz de abordar las dificultades en la relación de pareja y también una forma de eludir la propia responsabilidad en cómo funciona la relación entre los dos.
La mayor parte de las consultas que recibo en el Servicio de Orientación son de personas que están convencidas que sus problemas matrimoniales están causados por su cónyuge. Si él o ella no fueran tan difíciles… tan tacaños… tan olvidadizos… de tan mál carácter… todo estaría bien.
No me lo dicen directamente, pero muchos esperan que una vez que han contado lo que pasa —por parte de los dos— me vuelque en uno de ellos para conseguir lo que más desean: que su pareja cambie.
Las personas solo cambian si ven un beneficio para ellas con el cambio
- No se puede negar que muchos de nosotros está sufriendo problemas graves y dolorosos en su matrimonio. La infidelidad, las peleas, el alcoholismo, los gastos excesivos…
- A lo mejor nuestra pareja tiene depresión o ansiedad o ataques de dolor crónico y se niega a recibir ayuda. En fin, son tantas y tantas cosas… y que, no olvidemos que somos hombre y mujer, dos psicologías totalmente distintas y además cada uno de nosotros tiene sus propias experiencias, su propia educación familiar, su propio estilo.
- Nos guste o no, la única persona que puede cambiar a su pareja es su pareja misma. No podemos cambiar al otro. El otro solo puede cambiar y avanzar si él quiere. Este es el principio de aceptación del otro tal y como es, no como nosotros deseamos que sea.
- Aunque parezca frustrante o injusto, nuestra única opción es centrarnos en nosotros mismos: en nuestra forma de responder y reaccionar, en cómo manejamos nuestras emociones; en cómo interpretamos lo que estamos viviendo con nuestra pareja, en lo que decimos, en lo que no decimos…
- Sí que tenemos que tener claro que, si nosotros iniciamos un pequeño cambio en nuestro comportamiento, en nuestra forma de ver y entender al otro, también este pequeño cambio traerá consigo cambios en el otro. Esto es inevitable.
- Aceptar también que el otro es diferente, es también otra medida inteligente en el matrimonio. Y más que inteligente, yo diría que es de amor, pues le permito al otro que sea distinto de mí, no igual. Esto es respeto y amor —cuestiones estas que con frecuencia faltan en nuestra relación.
- Tampoco olvidemos que, aunque aceptemos al otro como es y lo contemplemos también en sus propias diferencias, el compromiso matrimonial exige también una respuesta por parte de cada uno de los esposos.
- Esta respuesta significa que, dentro de las posibilidades personales, debo también contemplar cómo puedo contribuir al bienestar del otro y a satisfacer sus propias necesidades. Cierto que puedo ser de carácter agrio, pero mi compromiso matrimonial me exige una respuesta en el sentido de se más dulce y agradable para mi cónyuge. Y esto es algo con lo que debo trabajar. No me puedo dar una vuelta como un calcetín —entonces no sería yo, pero sí que puedo mejorar, avanzar, limar algunos de mis aspectos, sabiendo que estoy contribuyendo a que mi matrimonio funcione.
- Seamos sensatos. Ninguna pareja puede vivir en un estado permanente de perfecta armonía o felicidad. Eso no existe. Siempre habrá problemas y diferencias. Eso forma parte del paquete del matrimonio. Los buenos matrimonios lo conocen perfectamente. Así que, a olvidarnos de un cónyuge perfecto e impecable.
- La felicidad conyugal real viene de aceptar nuestras limitaciones y aprovechar todo aquello que tenemos de bueno, de saber que los tiempos difíciles son parte del paquete y nuestro trabajo es llegar a ser lo suficientemente fuertes y maduros como para tratar con estos tiempos y superarlos.
- El problema es mi cónyuge: No. El problema real es cómo nos relacionamos entre nosotros.
— ¿Quiere trabajar más sobre este tema? Le aconsejo que lea el artículo Quiero que mi pareja cambie