Juzgar por las apariencias y sentenciar de oidas es una de las formas en que se hace un daño innecesario a las personas y a la relación con ellas.

Yo puedo dar fe de ello porque lo he sufrido. Sobre todo por la parte de sentenciar de oidas.

El resultado de ello además del daño causado ha sido también el bloqueo hacia aquellos que han sentenciado de oidas. Se ha levantado un muro que prácticamente es imposible de salvar.

Juzgar por las apariencias es injusto

Las personas juzgamos; juzgamos al otro o una situación por lo poco que hemos visto de ellos y tomamos ese poco que hemos visto por toda la realidad. Juzgamos y, condenamos. Y esto cuando solamente vemos un poco, una parte de una persona. Más delito tiene cuando ya sentenciamos de oidas, sin haber visto o conocido un mínimo sobre la persona o la situación.

Juzgar por las apariencias y sentenciar de oidas es propio de «las buenas personas» que al serlo, se creen con el derecho a usar este pecado contra los demás. ¡Cuánta injusticia detrás de estas acciones!

Ya en las Sagradas Escrituras se profetiza la solución a este falta: En Isaías 11:3 podemos leer:

Y vendrá el que no juzgará por las apariencias ni sentenciará de oidas

Juzgar por las apariencias imposibilita el encuentro entre personas

Ya sea de una forma positiva, o negativa, cuando nos dejamos llevar por la apariencia, por la imagen, no nos estamos relacionando con la persona, sino con el juicio que nos hemos hecho de ella. Por tanto no podemos tener un encuentro con la persona a la que estamos juzgando. Esto es desalentador con las personas que están a nuestro alrededor. Pero es aterrador cuando lo hacemos con la familia y amigos más directos.