Pocas experiencias pueden ser más difíciles para una persona, sea hombre o mujer, que ser la víctima inocente de la infidelidad del cónyuge.
La persona ofendida padece sentimientos angustiosos. Unos surgen de las apreciaciones del cónyuge y otros de la consideración que hace de su situación actual ante la infidelidad.
Con respecto al cónyuge responsable de la infidelidad, seguramente pueda tener sentimientos de odio, ira profunda, e incluso oscuros deseos de venganza que en ocasiones le pueden hacer sentir vergüenza por su maldad. Seguramente también que nunca antes había tenido tantas pasiones negativas, lo que le despiertta culpa y desconcierto.
Además para con su cónyuge existen también sentimientos de decepción, desconfianza total y de fastidio. Después de tantas mentiras, ¿podrá algún día volver a creer en sus promesas? ¿en lo que dice?. Posiblemente nada podrá volver a ser igual.
Las reacciones más íntimas empiezan con la incredulidad, no se cree que hay podido pasar, luego experimentará desesperación, humillación por no ser ya la primera o el primero ante su cónyuge, pérdida de la autoestima, tener la impresión de no ser una persona capaz y de sentise impotente, autocompasión, una soledad inmensa ante algo tan injusto y posiblemente una profunda depresión.
Y luego le viene la duda en cuanto a la forma de proceder: ¿encontrará la manera de vengarse y desquitarse? ¿seguirá en pie el matrimonio¿?,
¿intentará una separación temporal o buscará un divorcio definitivo?
Y sucede que ninguna de las dos opciones que contempla es completamente satisfactoria. Los deseos de venganza pueden dar lugar a hacer cosas de las que luego seguramente se arrepentirá. Seguir con el matrimonio presenta incertidumbre, duda y desconfianza ante la fe perdida.
Y también entran consideraciones sobre lo degradante que resulta continuar la convivencia con el cónyuge infiel, o si ya se ha marchado de la casa, recibir de nuevo a quién se ha comportado de una manera tan infame.
La posibilidad de separarse o de entablar un divorcio evoca temores, sentimientos de culpa, incertidumbre frente a los efectos nocivos para los hijos; y sin embargo todo esto encuentra alguna compensación por considerar que es inocente y cualquier resultado que se produzca será responsabilidad únicamente de quien cometió la infidelidad.
Pero estas opciones también resultan inaceptables porque será sumamente doloroso dar por terminada una relación iniciada se supone con mucho cariño y con mucha ilusión. También puede sentir repulsa porque del amor se ha pasado a un frío trato comercial donde lo único que se trata es como se dividirán los bienes en común y cuál ha de ser el aporte económico para la manutención de los hijos.
Sea como sea, el cónyuge ofendido está obnubilado por el estado emocional en que se encuentra. No sabe qué hacer. Y aquí hay que tener mucho cuidado con las personas que busca para que le ofrezcan sus recomendaciones, que normalmente suelen ser muy malos consejeros. En estas personas la objetividad es poca o más bien nula, pues suelen ser parientes o amigos cercanos que están listos para ponerse de su lado, brindarle todo su apoyo y comprensión, y también para unirse entusiastas al coro de las condenas y críticas al cónyuge infiel.
Sus palabras pueden ser un bálsamo para un corazón agobiado por el dolor, pero en modo representan soluciones provechosas. Lo malo es que, lejos de darse cuenta del mal que le están haciendo, halla consuelo en las conversaciones que sostiene con ellos porque le ofrecen lo que buscaba: ponerse incondicionalmente de su parte como aliados frente a su abatimiento.
Pero cuidado, al final de la noche, todos estos consejeros, amigos, familiares, se van cada uno a su casa y la persona herida se queda sola.
Cuando finalmente toma una decisión tiene que definir lo que tiene que hacer a continuación. Si opta por la separación o el divorcio habrá problemas de índole legal y práctico. Lo legal lo podrá consultar con amigos o con abogados, pero lo práctico corre por su cuenta: ¿cuándo van a hacer efectiva la separación?, ¿dónde va a vivir quien deja el hogar?, ¿cuándo y en qué términos van a hablar con los hijos?, ¿y con los parientes y con los amigos?
Y la necesidad de discutir estos asuntos entre ambos complica más la situación por lo dífícil que se ha vuelto la comunicación entre ellos con esta infidelidad.
Pero, también se puede tomar la decisión de reconstruir la relación. Y esto siempre es más que posible, aunque esto lleva siempre un proceso por parte de los dos cónyuges.