El dueño del rebaño, el pastor funcionario y las ovejas incómodas

A veces, los cuentos y narraciones nos dicen muchas cosas. Aquí os dejo este pequeño cuento sobre el pastor funcionario. Es una experiencia personal, de cuando estaba en una parroquia.

En aquel tiempo, un rico potentado tenía un gran rebaño de ovejas. Todas estas ovejas era su fortuna y a todas las quería. Un día tuvo que salir de viaje. El viaje duraría un cierto tiempo y entonces se vió en la necesidad de tener que dejar un pastor al cuidado de sus ovejas.

Buscó un pastor. Parecía que conocía el oficio. En lenguaje de hoy podríamos llamarlo todo un profesional. Le dio instrucciones sobre sus ovejas, y sobre todo le pidió que no se perdiera ni una, pues de lo contrario el rebaño no estaría completo. Le dijo también que las alimentase y las cuidase como si fuera dueño y no empleado. A la vuelta de su viaje ya le pagaría lo acordado.

Este pastor que conocía su oficio, comenzó su trabajo. Pero para sus adentros pensaba:
«Haré mi trabajo lo mejor que pueda, pero no son mis ovejas. Qué cosas tiene este hombre, que las trate como si fueran mías…¡Bastante hago ya al hacer mi trabajo!»

Les echaba de comer, pero si algunas no comían, pensaba, «Bueno ya comerán cuando tengan hambre». Cuando pastoreaba y veía que algunas ovejas no le hacían mucho caso, les echaba los perros, que para eso están -se decía-, y los perros mordían y herían a las ovejas. No importaba con tal de que le obedeciesen.

Cierto día, algunas ovejas, las revoltosas, las que no le hacían mucho caso y siempre estaban balando, como si protestaran, se escaparon por uno de los agujeros que había en la cerca. Vio como se iban.

«Bueno, que se vayan. Si serán tontas…afuera no pasarán nada más que hambre y frío, con lo bien que estarían aquí, como el resto de las otras ovejas» Y contempló cómo se escapaban, dejándolas marchar, sin ir a por ellas y descuidando el mandato del dueño del rebaño que le encargó que no perdiera ni una.

Finalizado su viaje, el dueño de las ovejas volvió para hacerse nuevamente cargo de su rebaño. Al llegar, vió con asombro, cómo muchas de las ovejas estaban desnutridas por no haber comido.

«¿Acaso no les has dado de comer a mis ovejas?»
– ¡Señor, yo les echaba de comer todos los domingos! Si no comían no era culpa mía.

También vio el señor que faltaban ovejas.

«¿Dónde están las ovejas que faltan»?

– Señor se fueron porque quisieron. Parece que no se encontraban cómodas en el redil junto con las demás ovejas. Si pasaron hambre o frío, ellas lo eligieron. Bastante era ya mi trabajo como para salir a buscarlas.

El dueño del rebaño contempló con pena cómo había quedado su rebaño. Muchas ovejas desnutridas, otras desaparecidas. Su gloria, su tesoro, se había quedado muy empobrecido. ¿Cómo estaría para contratar a este pastor, que conocía su oficio, pero que no gustaba de las ovejas? Esto era lo que se decía para sus adentros, totalmente entristecido.

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