A esta pregunta le añadiría otras dos mas: ¿La parroquia es Iglesia? ¿De quién es la parroquia?

Es evidente que una parroquia es también la Iglesia. Hablar de la parroquia es hablar de la Iglesia, aunque sea en términos «pequeñitos» en cuanto al número o volumen.
Retomo el título del post. ¿Sobra alguien en la Iglesia? La hago extensiva a cualquier persona. No soy tan importante.

Vamos a ver qué sentido puede tener eso de sobrar. Dice el Diccionario Manual de la Lengua Española Vox. © 2007 Larousse Editorial, S.L.
sobrar v. intr.
1- Haber más cantidad de una cosa de la necesaria. No ser necesario.
2.- Molestar o no ser necesaria una persona o cosa en un determinado lugar o situación.
3.- Quedar alguna cosa después de su uso: sobra solamente un euro.

Hay más definiciones. Todas por el estilo.

Tomemos el sentido de no ser necesario.

En principio sobramos todos. Nadie tiene derecho a pertenecer a la Iglesia. Pertenecer a la Iglesia es un Don de Dios. Nadie por sí mismo tiene ese derecho. Nadie es imprescindible, excepto Jesucristo. Desde el Papa hasta el último mono, todos, somos invitados y nadie es su dueño ni su constructor. A la Iglesia solamente se pertenece como tal Don de Dios por el regalo de la fe y del bautismo. Nadie puede salvarse por sí mismo. ¿Capichi?

Y si tomamos la segunda acepción, esa de

molestar o no ser necesaria una persona o cosa en un determinado lugar o situación?

Alguien sobraría en la parroquia si lo mejor sería que no perteneciera a ella. Pero si decimos esto, o lo pensamos, entonces estamos en contra de Dios.

Dios quiere que todos formemos parte del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.

No obstante esta es la práctica habitual y cotidiana en nuestras parroquias, ya por parte de los feligreses más señalados, o por parte de los sacerdotes ¿Qué necesidad tenemos de estos incordios aquí en nuestra parroquia? ¿No es mejor que no estén, no vengan? ¡Qué descanso cuando ya no los veamos más! Este es, desgraciadamente el sentir de muchos «cristianos».

Pero nuevamente estamos contra los designios de Cristo. Olvidamos que los cristianos somos invitados de la Iglesia, no sus dueños.

Que alguien sea bueno, cumplidor, perfecto, comprometido, solidario, piadoso o cualquier otra cosa de las «buenas personas» no le da derecho a pertenecer a la Iglesia, ni mucho menos a pensar que los menos buenos, menos cumplidores, menos perfectos, menos comprometidos, menos solidarios o menos piadosos, o más críticos y menos aduladores, tienen menos derecho a permanecer en ella.

¿Qué invitado tendría la caradura de echar a otro invitado de la fiesta, como si fuese el dueño?

Revisemos entonces nuestros planteamientos. No seamos cristianos tibios.

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