En las películas siempre hay uno que hace de malo.
En las relaciones, uno vive la sensación de ser el malo de la película.
No importa lo que haga.
O lo que no haga.
Lo que diga.
O lo que no diga.
Siempre es el malo de la película.
Esto agota.
Uno se cansa de ser siempre el malo de la película.