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Antes de entrar en el plan de trabajo entiendo que son necesarias algunas reflexiones.
No son tanto las posibles terapias o técnicas sino el deseo de los dos por superar esta crisis.
Pensamos que las terapias son unas medicinas arreglatodo que funcionan sin nuestra implicación personal y directa. Y eso no es así. Además de colaborar hay que comprometerse.
Me acuerdo ahora de una anécdota que contó el Papa Francisco ante unos jóvenes. Recordó una metáfora del humorista argentino Luis Landriscina sobre el “sándwich de jamón y queso” para animar a los jóvenes cristianos a comprometerse en recuperar la dignidad de las personas. Aquí, en este caso tratamos de recuperar la dignidad de los esposos tras el episodio de una infidelidad.
Landriscina decía: ‘La vaca cuando nos da la leche colabora para nuestra alimentación. Se da la leche y se hace el queso, y entonces hacemos un sándwich. Pero un sándwich de queso es un poco soso, entonces hay que ponerle jamón. Vamos a ver al chancho (el cerdo), y el chancho para hacer jamón no colabora, da la vida, se compromete’
Colaborar es una cosa. Dar la vida y comprometerse es otra.
¿Qué sería un amor que no fuera capaz de llegar hasta el perdón?
Traigo a colación algo que dijo San Juan Pablo II: «¿Qué sería un amor que no fuera capaz de llegar hasta el perdón?» ¿Están dispuestos al perdón? ¿Están dispuestos a perdonarse a sí mismos y al otro? En nuestra sociedad se nos llena la boca de la palabra amor. Pero lo que entendemos por amor es querer al otro siempre y cuando no nos falle. Y eso no es amor. Eso es utilidad. Te quiero mientras me sirves. Cuando me fallas ya no me interesas.
Supuesto que se ha tomado la decisión de seguir adelante, vamos seguidamente a ver cómo se puede trabajar para que esta decisión sea viable.
Peligros para la pareja por los desquites del cónyuge ofendido.
Es humano y muy natural que la persona ofendida tenga un afán por desquitarse de todo lo que ha sufrido por causa de la infidelidad del otro. Es natural que sienta ira, odio, rechazo y todo lo que nos podamos imaginar. Y entran muchas ganas de humillarle, de reprocharle y de hundirle. Empieza a vivir con el reproche continuo hacia el otro.
Si se ha tomado la decisión inequívoca de trabajar por la relación, comprometerse con esa decisión implica dejar de lado, no los sentimientos —no podemos dejar de sentir de una u otra forma— pero sí dejar de lado la satisfacción del impulso de venganza.
Si no es así, se produce evidentemente un desahogo en el cónyuge ofendido, pero corta todo intento de avanzar en la relación. Tomar revancha por lo que el otro hizo contradice el empeño en rehacer la relación.
El desquite, que se basa en lo que ocurrió antes, es agarrarse al pasado. Cuando pase esto, hay que preguntarse qué beneficios trae esto. ¿Es una forma de protegerse frente al otro el no darle más confianza? Quedarse aquí no lleva a ninguna parte.
El fantasma de la (o del) amante.
Antes de nada. Es más común que el hombre sea el infiel. Por eso utilizo la forma femenina para no estar utilizando el/la amante.
Cuando la pareja empieza su trabajo de reconstrucción puede encontrarse con una amenaza para esta reconstrucción. Esta amenaza es que la amante se aparece como un fantasma que está en todas partes. Muchas mujeres, porque todavía no se fían, están vigilando continuamente los movimientos de su marido, le revisan todo y siempre están intentando verificar que lo que dice es cierto o no. ¿Verdad?
Esto va en contra del propósito que se desea: que la amante deje de influir en su matrimonio. Es más aconsejable y efectiva tratar esta figura lo mismo que se tratara de otro conocido. Es la única forma en que funciona. Con el tiempo este fantasma se disipa. Aquí los dos tienen que estar en el trabajo de desprenderse de esa persona que tanto mal les está haciendo para su relación. Si hay la más mínima duda sobre esto, el fracaso es seguro.
Tareas del cónyuge infiel.
Hay una tarea fundamental que le corresponde al cónyuge infiel y que debe afrontar solo: es superar la pasión que experimenta por su amante.
Y aquí aparecen tres cuestiones:
- la responsabilidad que siente por ella,
- la necesidad de tomar una decisión,
- la forma de desenamorarse para eliminar los sentimientos que tiene hacia ella.
Responsabilidad frente a la amante
Es natural que quien ha sido parte de una aventura amorosa se sienta responsable por la suerte de su amante. Ahora que se ha descubierto todo pueden aparecer preguntas como, ¿qué le va a ocurrir?, ¿será justo dejarla de golpe y porrazo, o será más caritativo plantearle una separación gradual, por etapas?, ¿será correcto pagarle así, después de todo lo que hizo por su bienestar y por brindarle alegrías y consuelo?
Bien. Lo que salta a la vista es que esto son solamente pretextos para evitar o posponer un paso doloroso y difícil. Aquí es preciso destacar la necesidad absoluta de tomar una determinación clara, tajante, definitiva y sin marcha atrás.
No puede negarse que la amante va a sufrir. Pero hay que ser más que claros: la lealtad, necesariamente, tiene que darle prioridad al cónyuge. Los votos del matrimonio así lo exigen. No se puede tomar una decisión con base a los sentimientos, porque estos no se pueden medir. ¿Quiénes son los que sufrirían más, la esposa, los hijos —si los hubiere— o la amante? ¿Verdad que esto no se puede plantear? La única guía para tomar una decisión es la justicia. Y aquí la justicia francamente está a favor del cónyuge y no de la amante.
Consideremos también la responsabilidad en la que ha incurrido la amante. Esta tiene que responder por sus propios actos al acompañar al cónyuge infiel en la aventura amorosa. Corrió un riesgo y perdió. Es lamentable que ahora tenga que sufrir, es cierto. Pero cuando se embarcó en la aventura tenía la obligación de considerar la posiblidad de un resultado contrario a sus intereses.
Necesidad de tomar una decisión.
En este trabajo de recuperación de la relación, el cónyuge infiel tiene que tomar una decisión. Cuando escogemos algo, lo hacemos con el paquete completo, con lo que gusta y con lo que no gusta del otro. Si ahora se ha elegido la opción de reconstruir su matrimonio, esta elección trae consigo angustia y dolor: la incertidumbre del resultado, porque no posibilidad de tener garantías en la reconstrucción de la relación; el dolor de abandonar definitivamente a la amante; los sufrimientos que su decisión el causará a su amante; las dificultades que tendrá que afrontar con el proceso de mejorar su relación de pareja, incluyendo las dudas e inseguridades de su cónyuge, y otras muchas contrariedades que seguro que se van a presentar en este camino.
Insisto una vez más. La decisión de abandonar a la amante ha de ser clara, firme, sin titubeos, sin reservas; sin ánimo alguno de sostenerla como un recurso para la eventualidad de que no se logren resolver los problemas con la pareja legítima. Si no es así, la tarea de recuperar la relación conyugal no tendrá éxito.
No quiere decir esto que no se desconozca la dificultad en tomar una decisión tan radical y contundente. Es natural que tal decisión cause dolor, angustia, temor y toda clase de sentimientos adversos. Pero el dolor es parte de la vida misma.
Ahora bien, que no se sienta capaz de tomar tal decisión, con el dolo que la acompaña, haría mejor en no engañarse a sí mismo ni a su esposa y proceder a poner en marcha el proceso de una separación.
Fórmula para desenamorarse
En el proceso de reconstrucción de la relación un factor básico para el cónyuge infiel es que tiene que «desenamorarse» de la amante. Para que esto funcione tengo que insistir en que el esposo infiel no puede admitir la más insignificante reserva en cuanto a su empeño de desligarse emocionalmente de su amante. Si tiene la menor duda, no tendrá éxito en su empeño por abandonar esa relación.
¿Cuál es la fórmula? Tratar a la otra persona —la amante— como si fuera uno de tantos conocidos que tenemos, sin darle ningún trato en especial.
Esto implica dos aspectos: no buscar a la otra persona, ni evitarla. El amor, al igual que otros sentimientos, es como un fuego, se sostiene vivo mientras le estemos echando leña. Si dejamos de echarle leña, poco a poco se irá extinguiendo, hasta que se apague completamente.
Todo trato especial que se tenga con la otra persona es un trozo de leña que se echa al fuego. Y me preguntarán ¿qué es un trato especial? Quizás algunos ejemplos le puedan servir:
- buscar (o evitar) a la persona amada, sea físicamente —en el lugar donde podría estar— o con la mirada;
- oir (o evitar oir) la música que escuchaban juntos;
- recorrer (o evitar) los lugares que anteriormente frecuentaban como pareja;
- tener a la vista fotografías, escritos u objetos que puedan traer recuerdos gratos.
Conviene recordar que evitar los lugares, la música, etc., representa un trato especial. Si la idea es comportarse con respecto a la otra persona como si fuera uno de tantos conocidos, no hay razón alguna para proponerse evitar todo lo que tenga que ver con ella. En este proceso de desenamorarse, para tener éxito, hay que tener los comportamientos que se tendrían para con cualquier conocido.
Ya sé. Una pregunta que surge inmediatamente. Si la amante es alguien de la misma empresa, o de un grupo de amigos de la pareja ¿será necesario abandonar el trabajo o el grupo de amigos? Lo fundamental no es apartarse de todo posible contacto con esa persona. Lo que importa y lo que vale es que la voluntad de rompimiento con ella no admita duda alguna. Lo que se requiere es ponerle fin a esa relación, dar el asunto por terminado. No obstante, si la presencia del implicado se ha convertido en una fuente de permanente discordia entre los esposos, se podría considerar seriamente la posibilidad de abanadonar el trabajo o ese grupo de amigos —siempre que se pueda hacer y sea prudente—, no por ser indispensable hacerlo, sino como una ofrenda o regalo que se hace al cónyuge.
Tareas del cónyuge ofendido.
Las tareas que le corresponde cumplir al cónyuge ofendido tampoco son fáciles. Se resumen en tres puntos:
- abandonar la actitud que por lo general asume (el de víctima inocente y libre de toda culpa);
- perdonar al ofensor,
- y abrirse a la recuperación de la confianza.
Abandonar la actitud de víctima inocente.
Quien ha padecido los efectos de la infidelidad de su cónyuge centra su atención en su propio sufrimiento. Ha sido víctima de un ultraje que no tiene por qué tolerar. Está lleno de amargura. Sin estar consciente de haber cometido falta alguna contra su cónyuge, ahora encima tiene que someterse a un proceso duro, difícil, angustioso e incierto para reconstruir su relación de pareja. Todo esto es cierto, sin duda alguna. Pero si se queda en esta posición, de nada le sirve.
De continuar con esta actitud no habrá solución posible. El pasado puede aportar advertencias, pero no solciones, porque estas siempre han de aplicarse en el presente. ¿Qué se pretende ahora? Si la tarea es condenar, pues ¡a condenar!, pero con plena conciencia de que teniendo este punto de partida no habrá posibilidad alguna de soluciones. ¡No nos engañemos!
También aquí, en la elección, estamos ante el todo o el nada. Si se escoge la crítica y la condena al cónyuge infiel, al mismo tiempo se está escogiendo no mejorar la relación, sino al contrario, deteriorarla aún más. Si lo que se pretende es mejorarla, hay que dejar a un lado las acusaciones, las críticas, las condenas y las censuras.
Nadie es perfecto. Todos somos débiles, nos equivocamos, fallamos y sufrimos fracasos. Todo esto nos ocurre simplmente porque somos seres humanos imperfectos, frágiles. Por eso entonces hay que
Perdonar al ofensor
Comencemos primero por ver qué no es perdonar. Perdonar no es olvidarnos de las ofensas, ni suprimir los sentimientos que aquellas dejaron en la parte ofendida, como ira, frustración, desconfianza, temor, desilusión, etc. Los sentimientos y los recuerdos no están sujetos a una decisión que tomemos para eliminarlos. Solo el tiempo puede hacer algo por debilitar los recuerdos hasta el punto de que dejen de torturarnos, y por apagar los sentimientos, siempre y cuando dejemos de alimentarlos.
En relación con los sentimientos que quedan como resultado de un episodio de infidelidad, hay que comprender que éstos, lo mismo que cualquier otro sentimiento, no están sujetos a la acción directa de la voluntad. Nadie puede tomar la decisión de eliminar el odio, por ejemplo, y esperar que éste se acabe.
Sí que podemos hacer consideraciones sobre cómo vemos a nuestro cónyuge bajo una nueva luz: considerar que su actuación se debió a una limitación personal, a su pobreza de espiritu, a sus deficiencias en su formación o a una apreciación ligera de la realidad, por ejemplo. Cuando nos hacemos reflexiones de este tipo, el sentimiento de odio irá cambiando en nosotros por sentimientos de compasión, tristeza o cualquier otro que se compagine con la nueva visión que tenemos del proceder que nos había generado en un principio el sentimiento de odio.
Tampoco debemos igualar al perdón con un permiso que le damos al otro para que continúe con sus ofensas, deslealtades, falsedad o infidelidad. De ninguna manera. Quien ha sido ofendido merece respeto y la primera persona de la cual debe hacerse respetar es su pareja. La parte ofendida no puede permitir que continúe en sus infidelidades porque esto es entregar su dignidad para que todavía la pisotee más. Si la razón de la infidelidad está en algún desarreglo de la personalidad, esto no significa que el otro deba permitirle que continúe con sus aventuras sexuales, pero sí puede apoyarlo en la búsqueda de una terapia o de un tratamiento que le permita corregir esta condición.
Perdonar es un acto de la voluntad, una decisión que se toma conscientemente. En la película Una propuesta indecente, cuando están los protagonistas en la lucha por recuperar la relación, ella le dice a él una frase llena de sabiduría: « Las personas siguen juntas, no porque olvidan, sino porque perdonan»
Perdonar viene de dos vocablos latinos: el prefijo per, que significa «completamente», y donare, que quiere decir «regalar». Así que, cuando perdonamos a alguien ¿qué le estamos regalando completamente? Cuatro cosas:
- el derecho a ser imperfecto,
- el derecho a equivocarse,
- el derecho a la historia personal y
- el derecho a ser único y diferente.
Es evidente que haacer estos regalos no significa permitirle continuar con sus aventuras amorosas
Abrise a la recuperación de la confianza.
La tarea más difícil de cumplir es la recuperación de la confianza despues de una infidelidad. Aquí han de estar totalmente de acuerdo y plenamente comprometidos los esposos para trabajar por la recuperación de la pareja, poniendo cada uno por su parte todo lo que le corresponde. Si alguno de los dos tiene la menor duda o el más leve recelo al respecto, lamentablemente ya no hay nada que hacer. La mejor alternativa es una separación.
El cónyuge ofendido se encuentra en una situación contradictoria: por un lado quiere recuperar la confianza en la relación como tal y en la persona, que tiempo atrás, parecía tan sólida en su lealtad; pero, por el otro, teme entregarse con la seguridad y la confianza que antes había experimentado en la relación.
¿Cómo afrontar este conflicto?
- Se trata de manejar una situación de crisis, un momento decisivo, en donde las cosas habrán de cambiar, para bien o para mal, pero jamás podrán continuar como iban antes de presentarse la situación que la desencadenó, en estos momentos de crisis es natural tengamos miedo y nos sintamos inseguros por no tener certeza del resultado. Por eso conviene saber que parte de la dificultad que la persona herida experimenta en abrirse a la confianza en el otro es el resultado de los temores que acompañan a toda crisis.
- La inseguridad nos incomoda, nos fastidia, nos angustia. Queremos cosas ciertas y entonces preferimos aferrarnos a lo conocido aunque nos desagrade. Eso es lo que hace el cóbyuge ofendido: echa mano de lo que ha sido la otra persona, con sus mentiras, sus engaños, sus infidelidades, y entonces busca refugio en cosas como «pero tú me dijiste…», «cómo puedo volver a confiar en ti si ya me fuiste infiel…» Esta resistencia a abrirse a la confianza es un mecanismo de defensa contra la ansiedad que causa la inseguridad.
- Las personas cambiamos, nos transformamos, evolucionamos. Lo mismo ocurre con las relaciones. Pero pasa que con la crisis que se atraviesa, por sentirnos más seguros, nos refugiamos en las relaciones pasadas y no buscamos la evolución del otro y de la relación. Pasa que no lo dejamos cambiar; tampoco nos permitimos cambiar nosotros mismos ni modificar la relación. En lugar de abrirnos a la confianza que producen los nuevos planteamientos, nos atamos a la desconfianza que produjo lo que desencadenó la crisis.
- Muchos conceptos, calificativos y clasificaciones solo tienen plena validez en el momento en que se formularon, en que se hicieron, en que se dijeron. Pero al cambiar la realidad tenemos que cambiar también la apreciación que hacemos de ella. Veamos un ejemplo. Supongamos que la casa en la que vivo está pintada de un color que no me gusta y por tanto digo que es «fea». Supongamos que la pinto con un color que me gusta, entonces creo que mi casa ya no es fea ¿verdad?. Pues de un modo similar, en el momento de descubrirse la infidelidad tenía plena validez clasificar al infiel como perjuro, desleal, desconsiderado, traidor, irrespetuoso, egoísta, mentiroso y muchas más cosas. Pero ahora cuando ambos han hecho una consideración a fondo del asunto y quien ha fallado tiene plena conciencia de su culpa y una firme e inamovible determinación de corregirse, ya esos calificativos anteriores requieren una revisión ¿verdad?.
Y, ¡atención! precisamente por haberse desencadenado una crisis como la que nos ocupa, ambos cónyuges se han visto precisados a poner sobre la mesa numerosos temas de discusión que antes no habían adquirido importancia. Es en estos momentos difíciles cuando se han replanteado la relación conyugal en todo su sentido. Posiblemente nunca antes se había palpado con tanta angustia y crudeza la posibilidad de disolver la pareja.
- Ambos deben reconocer y respetar el hecho de que la desconfianza es un sentimiento y, como tal, no obedece a la acción directa de la voluntad. A medida que el ofensor ejecute actos dignos de confianza, el cónyuge ofendido recuperará la confianza poco a poco. No hay otro camino. Por eso la recuperación de la confianza exige paciencia de parte del cónyuge ofendido y comprensión de parte del ofensor.
El compromiso con la recuperación de la pareja.
La recuperación de la pareja no puede enfocarse simplemente como una reacción a la crisis que produjo la infidelidad. Toda reacción apunta hacia el pasado y esto equivaldría a conducir nuestro coche mirando solo por el espejo retrovisor. Hay que mirar hacia adelante.
Tenemos que considerar el compromiso de cada uno en el proceso de recuperación de la pareja y en segundo lugar un replanteamiento del alcance que debe tener la relación para que no se vuelvan a presentar incidentes tan perjudiciacles como el que ahora están tratando de resolver y superar.
En relación con el primero , es fundamental que cada uno se comprometa con el proceso de recuperación de la pareja pro su propia convicción, porque personalmente tiene la seguridad de que debe acometer con entusiasmo las tareas necesarias para que su relación de pareja tenga sentido, y no únicamente por cumplir con alguna obligación de orden religioso, moral o social.
